LourdesChamorroCésar

La colección de escritos de Lourdes Chamorro César

De cómo mis recuerdos llevaban su aroma

Estalló la revolución
y salimos por veredas,
llevando en el corazón
esperanzas y penas.

Llegamos a la civilización
anónimos y sin rumbo,
sin idioma yo y sin escuela
de los quehaceres del mundo.

A cocinar aprendí,
a lavar y a planchar
y por qué mis niños lloraban
lo aprendí a adivinar.

Extrañaba los aromas
de mi linda Nicaragua
y en busca del recuerdo,
mi sentir los inventaba.

Pasó lento el verano
y al llegar el frío invierno
fue la nieve jamás vista
la que traicionó primero.
Instalada su blancura
y fríamente almacenada
reemplazaba poco a poco
el olor a tierra mojada.

Otra vez llegó el verano
y en un día caluroso,
de un olor ya muy lejano,
los sentidos me alertaron.
En una cava de vinos
la humedad y el encierro
revivieron el recuerdo
del olor a mausoleo.

Y nos llevaba la vida
por otras tierras lejanas…
y más lejana sentía
la propia tierra mía.

Comparé con el malinche
el olor de esbeltos pinos
y las latas de maíz
con los elotes cocidos.
Y el de cocina de leña
con chimeneas de gas.
Y por si fuera poco
la obsesión que tenía,
en un día de lluvia
sentí brisa de mar.

Un día traicioné
los aromas de mi infancia;
tal fue una Navidad
que iglesia no encontraba
y en un centro comercial,
sin la mirra y sin incienso,
el olor muy material
me llegó intenso.

Y el olor a zorro meón
de la hacienda de mi abuela,
donde en mi infancia un zorro meó
en mi mano —¡Hay que pena!—.
Es un olor peculiar,
que es igual en todas partes.
Y sin poder reemplazar
ese olor tan especial,
ese recuerdo se prende
de aquel zorro entrometido,
que sin yo querer y
sin que él sepa
hasta a Bruselas ha ido.

Y pasé por el D.F., por España
y por Holanda, Alemania
y Gran Bretaña.
Y algo del Medio Oriente.
Y aunque verdad no parezca
y en cierto modo se sientan
esos aromas muy míos,
distantes y muy cerca
estaban y no estaban,
en esas lejanías.

Del marañón las semillas
que entre las brasas ardían,
no lo encontraba en las latas
de cacahuetes que abría.

El de la brisa de mar,
el de pan recién horneado,
el de rancho de paja,
el de ganado,
el de chayul de mi lago,
el de mango y el jocote,
el de empolvadas veredas,
y alamedas de coco…

Y si no poco me invade
la ansiedad que por mi tierra
guardo en mí,
un aroma
que similitud no encuentra,
sí por mucho no por poco
a un recuerdo lleva.

El aroma que en mí vive
del campesino en domingo,
de sus ropas secadas
con el sol y humo de leña,
es un olor que combina
un chelín de brillantina
con zepol y leche cruda,
el trabajo y la espera.

Y mujeres campesinas
muy de fiesta engalanadas,
con su falda almidonada
y en sus trenzas una flor,
llevan ellas un olor
de dignidad guardada
que jamás yo haya sentido
ni en el frío o el calor.

Y así ha pasado el tiempo,
a veces largo, a veces lento.
Ya los hijos se han graduado,
ya no hay revolución.
Y al regresar a mi tierra,
el recuerdo le devuelvo
de aquéllos sus aromas
que llevé muy adentro.
Y entonces hago mío
el olor de libertad.

Lourdes Chamorro César.
St Louis, Mo. 1990

Los Predestinados

Al Dr. Alejandro Bolaños Geyer

Si mi lira todavía no es fina,
si mi canto todavía es menor,
¡Qué importa si hoy quiero cantarte,
aunque luego te cante en mayor!

Yo podría ahora cantarte
mis angustias, mis ansias en flor,
o cantarle a tu imagen de grande,
visionario y sabio Señor.

Mas escojo una misma inquietud
de mi tarde y tu tarde del alma:
Mi Darío de mi Nicaragua
y tu Walker del siglo anterior.

¡Para mí, Darío es maestro;
para Walker, vos sos su doctor!

ST Louis, Mo. EE.UU.
18 de Noviembre de 1993.

Soneto de aniversario

Mi adorado tormento le llamabas
a quien caminó contigo
por casi tu vida entera,
en las buenas y en las malas.

Partiste al cielo primero.
¿Será ello un consuelo?
Al menos no estás sufriendo
lo que él sufre con tu vuelo.

Duerme, descansa, sueña
que en tu sueño cuides su sueño
y aunque le pidas que no llore…

Porque te ama, llora en su fuero.
Cuéntale entonces de Dios,
de tus hijos, de tu Cielo.

Lourdes Chamorro César
1 de agosto de 2008

Tengo un nuevo Ángel de Mi Guarda

Fuiste mi Madre, fuiste mi amiga, 
fuiste mi cómplice.
Y ahora que partiste
y reposas en paz y en silencio
aunque ya no estás,
en cada instante te siento;
y aunque no te veo,
no te gozo, no te tengo,
como a un Angel de Mi Guarda,
que me envuelve con sus alas,
invisible, traviesa y respetuosa
siempre a mi lado te presiento.

Lourdes Chamorro de Bolaños.
El Raizon de Nicaragua, 4 de abril de 2009.

 

Érase una vez un canario…

Érase una vez un canario
deseoso de alcanzar
esa línea divisoria
entre el cielo y la mar.

Rozaron sus alas el cielo,
acariciaron el mar,
del  sol el fuego
sintieron,
del mar sintieron la sal.

Sus alas le resintieron
y quisieron regresar.
Era tarde,
no pudieron,
se perdió en la eternidad.

Las leyendas no eran ciertas,
ni los sueños realidad;
no eran ciertos los recuerdos
ni la eterna soledad.

Nunca supo aquel canario
que al intento de su vuelo,
el otoño y su aleteo,
una hoja de aquel árbol,
sin querer la desprendieron.
Y sin alas ni deseos
de probar ni sal ni fuego,
las páginas de un libro
sus colores conocieron.

No hay intento de vuelo infructífero.

El canario al fin  voló
y la hoja estremecida
en un libro, recinto sagrado,
su morada encontró.

Lourdes Chamorro César.
Cleveland, Ohio, abril de 2005.

¿FB o señales de humo?

Dime abuela, dime,
cómo era tu tiempo
cómo era el mar, cómo el cielo,
cómo las calles y el transitar.

Bajo el cielo era
mi tiempo de sembrar,
dejar huellas,
descubrir rincones,
recoger leyendas,
compartir canciones
y conchas y caracoles
habían en el mar.

Dime abuela, dime…
cómo era tu vida;
dime algo que no sepa
que te pudo pasar…

Déjame pensar…

Piensa abuela, piensa,
para luego yo contar…

Había un lugar
sin nombre
y si algún nombre tenía,
no lo puedo recordar;
tan solo recuerdo que un día
entré ahí a curiosear.

Dime abuela, dime…
Qué encontraste,
qué había, qué hacías
en ese lugar…

No supe si era un pueblo,
no supe si era un mar,
sí recuerdo que había
un espacio al transitar;
las calles día a día
de amigos se llenaban;
las puertas sin candado
Invitaban a entrar.

Recorría sus dos calles
y paraba a descansar
y si algo me llamaba,
sin tocar podia entrar;
Y si a una casa entraba,
Yo podia curiosear;
si quería que supieran
que llegué a visitar,
una señita dejaba,
sin papel, ni celular.
Muchas casas habían
de mil cosas adornadas;
eran llenas o calladas,
de todo un poco habitadas;
música, poemas, flores;
luna, soles, o poesía;
recetas, política, nostalgias;
rostros, juegos y paisajes;
rezos, llanto o risas
y hasta gran filosofía;
éramos todos mortales
pues ahí muertos no habían.

Era un mundo fantasioso,
real y contagioso;
mágico, diferente,
dulce a veces
o ruidoso,
lento, rápido,
alegre, triste,
salamero o quimeroso;
timidez y libertad
sencillez y complicado
dulce y salado
también serio o temeroso.

Encontré muchos amigos,
nuevos, viejos,
divertidos,
niños,
mudos,
parlanchines,
serios, toscos,
bien cristianos,
escritores y poetas
cocineros y hasta locos.

Sin un mapa, sin licencia,
sin maletas ni transporte,
no pedían pasaporte
las fronteras invisibles;
alma y sueño, chispa y tiempo
eran alas que volaban
al encuentro de imposibles.

Y la abuela que descansa
en el unbral del recuerdo
posa su mano blanca
en el brazo del asiento;
una lágrima se asoma
es nostalgia, es recuerdo…

Y un pañuelo blanco
ya cansado por el tiempo,
busca entre sus manos
y abraza a su nieto.

Dime abuela, dime…
por qué lloras…
¿Acaso duele el alma
el recordar?

¡Qué recuerdo, hijo!
Qué recuerdo;
ya no recuerdo el nombre,
solamente los recuerdos…
Era un mundo fantasioso,
dulce, alegre y hasta tosco
que de pronto un día de esos,
con mis dedos torpes e inciertos,
¡AH! era tan frágil ese entorno,
que sin querer
de un solo gesto
no hubo nada…
se fue todo…

Entonces, abuela,
entiendo ahora
el por qué del humo las señales;
no hay botones, no hay peligro,
solo un fuego
y el mensaje…
Increíble tu relato
¿Me lo robo?
Llévatelo, es tuyo…

¡De algo más me has recordado!
Guárdalo en los archivos
y comparte tu pasado,
que recuerdos son recuerdos
que nos llevan de la mano…
y mensajes son mensajes,
aunque sean de lágrimas
mojados…

Lourdes Chamorro César.

14 de marzo de 2010.

De cómo los marshmallows me hicieron ceder las primeras mariposas de mi existencia

Mis queridos friends del Cafetín Bohemio:

Me piden que escriba una carta de amor. Sin embargo, he decidido escribirles a ustedes y compartir éste recuerdo, que es sobre mi primera illusión y de cómo los marshmallows me hicieron ceder las primeras mariposas que aparecieron en mi estómago. Un amor platónico, que solamente existió en mi.

Ya no sé si fue real o inventada. Sin embargo, si la encontré en el baúl de mis secretos, debe de haber existido aunque quizás solamente en mi. Haciendo ciertos cambios, como el de haber pintado de otros colores los dos pares de ojos, hoy la he escogido para compartirla con ustedes, pensando que ya está escrito en muchas cartas, tantas expresiones de amor o de desamor. Alguna coincidencia con la existencia de cualquier par de ojos azules o verdes, es pura casualidad.

Esto es lo que encontré:

Recuerdo que de niña, cuando ibamos a las Primeras Comuniones, nos daban un platito empacado preciosamente. Era quizás el desayuno que debíamos de saborear en el mismo instante de la fiestecita. Pero yo lo guardaba para llevárselo a mis hermanos y compartirlo con mis nanas. Recuerdo que en ese plato, había un pudincito del Condor, un pastelito de carne, un sandwich rectangular que era el de queso y el triangular era de jamón o mortadela. Una espumilla, un chocolate traído de los United, el cual era el símbolo de que en Granada nos estábamos agringando elegantemente y unos marshmallows blancos que nunca pude imaginarme cómo a alguien le pudieran gustar.

La estampita de recuerdo, siempre la colocaban debajo del pudín así que se impregnaba de mantequilla. Tampoco pude comprender nunca el por qué no la colocaban debajo del chocolate o de la espumilla, sin embargo, al llegar a la casa, le echaba talco del de la Mimi, que recuerdo olía a viejita Linda. Así, llena de talco, la guardaba en mi cajita hermética, donde guardaba todos mis tesoros.

Al llegar a mi casa, eufórica con mi plato lleno de golosinas y repostería dominguera, lo único que faltaba en el plato eran los marshmallows. Me los había comido todos, así salvaba a alguien de  ese sabor tan espantoso. Eran los marshmallows, lo único que comía, pero por razones que nadie hubiera podido comprender. Como resultado, me dí la fama de que me encantaban los marshmallows y el día de mi Santo, siempre me regalaban una bolsa inmensa de ellos.

Empiezo con ésta anécdota de mi niñez, porque es muy válida para comprender lo que voy a contar. Dicho sea, que no sé si heredé el espíritu de ceder lo mejor de todo, o es que las monjas me inculcaron muchas buenas intenciones que a la larga, solamente me sirvieron para enredarme el gusto y la fama. Lo que sí sé es que con ese espíritu, viví mi vida primera, hasta que se arraigó profundamente y ya era tarde luego para arrancarme el mal gusto y la buena fama.

Así crecí, comiendo marshamallows que no me gustaban y compartiendo golosinas domingueras que a decir verdad, me moría por probarlas. Sin embargo, a cambio de comerme lo que no me gustaba y de no probar lo que me gustaba, conocí la alegría de compartir y de dar lo que realmente me costaba. Ahí entonces, encontré mi recompensa.

Mi casa era el punto de reunion del vecindario. Un día, llegaron a la casa los amigos de mis hermanos como solía siempre suceder. Eran nuestros vecinos que prácticamente vivían en mi casa jugando baseball, rayuela o trompo. Yo tenía por ese tiempo unos doce años y mi hermana unos once. Todavía no nos habíamos hecho mujeres. Estábamos acostumbradas a que mi casa se llenara de chavalos y a todos los veíamos como hermanos, pues los conocíamos desde que nacimos junto con sus hermanos y hermanas.

Pero ese día fue diferente. Aparecieron mis vecinos con dos primos. Eran de Managua, al menos habían crecido en Managua, aunque sus familias eran de Granada. Mi  hermana y yo, nos quedamos estáticas de admiración, al ver a los primos de nuestros vecinos-amigos-hermanos. Uno con  pelo liso, sus ojos azules y nariz como de esos dioses griegos que había estudiado en la Mitología debajo de mi cama y el otro, pelo rizado, ojos verdes, un poco mas bajo que su hermano, pero también podría decir que me recordaba a algún héroe de la misma Mitología. Eran nuevos a mi vista y por primera vez en mi vida, aparecía ante mis ojos, algún prospecto que no fuera el vecino con cara de hermano. Fue ese día, cuando supe que mariposas pueden revolotear dentro de un estómago. Las primeras mariposas de mi existencia, las sentí ese día. Los vimos entrar y aunque ellos no nos vieron, nosotras nos supimos atrapadas. Corrimos a escondernos. Yo me sentía como la Eva del Paraíso y tenía que esconder mis sensaciones, mi emoción y mi rostro sonrojado. Mi hermana me siguió y logramos escondernos en el cuarto de  la Mimi, que tenía unos grandes espejos de luna y por ahí podríamos espiarlos, sin peligro de que nos descubrieran.

En nuestro escondiste, comenzamos a descifrar cuál de los dos era el mío y cual el de ella. Encontramos un grave problema, pues a las dos nos gustaba el de ojos azules y nariz de dios griego. Mi hermana insistía que ella lo había visto primero y yo insistía en que yo era mayor que ella y el de ojos azules era el mas grande porque se veía mas alto, por consiguiente, a mí me tocaba el mayor por ser mayor. No sé cuántos minutos, u horas o días o veranos habremos pasado soñando y esperando a que aparecieran de nuevo en mi casa aquellos ojos y decidiendo qué par de ojos eran los de ella y cuales los míos. Lo que sí sé es que recordé los marshmallows de las Primeras Comuniones y recordé que ceder siempre la mejor golosina, me daba resultados satisfactorios, además que no conocía el otro lado de esa actitud. Una vez mas en la vida, el enredo que tenía en el gusto y la fama, me hicieron comerme los marshmallows que no me gustaban para nada.Y como mi hermana insistía que el de ojos azules la había mirado a ella primero que a mi, pues quedamos en que el de ojos verdes era el mío y el de  ojos azules el de ella. Fue muy duro en aquel entonces, ceder mi ilusión, pero los marshmallows y su sabor, me ayudaron a aplacar aquellas mariposas intrusas e imprudentes. Sin embargo pensé que, en mis sueños podría soñar diferente y ella ni cuenta se daría. Y así fue. Soñé y soñé, hasta que el sueño se esfumó, porque otros ojos, cuando ya me hice mujer, me miraron y me atraparon para siempre.

Esta es la historia de cómo los marshmallows influyeron en mi decision de ceder una ilusión detrás de una puerta y de cómo esas mariposas se fueron acallando, hasta que otras, por una nueva ilusión, aparecieron para quedarse.

Pasó el tiempo…muchos veranos pasaron y siempre mi hermana y yo, recordamos con cariño, aquella repartición de ojos que hicimos un día detrás de una puerta, sin que los dueños de esos ojos pudieran siquiera imaginarlo. Sin que los marshmallows o los que los inventaron, pudieran saber la gran trascendencia que tuvieron en mi interior al no gustarme.

Hoy, ya en nuestro otoño, por cosas del destino o del mismo Dios, esos ojos azules que un día le cedi a  mi hermana, se me presentan tan cerca de mi alma, como las gotas de rocío que apenas humedecen el pasto por las mañanas…ni el pasto reclama al rocío, ni el rocío pregunta si puede humedecerlo…los encuentro tan cerca y a la vez tan lejos, como el tiempo que ha pasado y que hoy parece que nunca pasó…

Hoy abro mi cajita donde guardo mis tesoros mas preciados, junto a las estampitas embadurnadas de mantequilla y cubiertas luego de talco de la Mimi…recojo las palabras que se me atropellan y afino mi pluma para regalarles este recuerdo: Un sueño de mi niñez, que le doy Gracias a Diosito que hoy puedo compartirlo, así gocemos de esta historia de unos ojos azules que nunca me miraron.

Lourdes Chamorro César.
Mayo de 2010.

De cómo de lanzas se muere un día

Una herida fue y otra herida.
Una tras otra, su lanza atrevida
iba cruzando el alma
abatida;
ya no curaba,
ya no quería
saber que su lanza
la mataría.

Juntaba sus sueños y
mil alegrías,
tejiendo su mundo,
llenando la vida;
pasaban las noches,
los días venían y
aquellas promesas
lejanas y frías,
iban en pos
de la despedida.

Y ésta es la historia
de como de lanza
se muere un día:

Era el jarrón
de agua cristalina
lleno hasta el fondo
dulce y sabida;
fue una gota
rebelde y liviana
que con su siempre
acostumbrada diana,
hizo que ella,
después de buscarle,
se fuera aquel día.

¡Fue en pos de su alma!
No era la gota
para morir de lanza,
mas era de lanzas
que moriría.

Golpeó a su puerta
sin fuerzas, con calma.
De vida o muerte,
gritarle deseaba.
Fue imposible.
Su voz, silenciosa.
Ahí postrada, ella,
de lanzas moría.

En aquel silencio
escuchó sus huellas;
sigilosas,
lentas,
de cerca
o quizás lejanas.
De pronto callaron y
al compás del viento
se alejaron.
Y ella, muriendo;
sin voz,
sin aliento.
En la noche fría,
entregó sus sueños.

Abrióse la puerta,
bisagras mohosas.
Rendijas inciertas
y silenciosas.
¡Se encienden los cirios!
Recuerdos
que engañan,
quimeras
y máscaras.
Y una simple lágrima
habló del pasado,
sin enseñar siquiera
la humedad
de ganadas nostalgias.

Y él,
estaba y no estaba
y ella,
moría y no quería.

La muerte no espera.
Así es que se muere
en cualquier día.
La muerte de lanza,
mataba sin ruido.

Esta vez, la lanza no hería,
simplemente
ella de lanzas moría.

Y ya bajo tierra,
entre lanza y lanza
entre golpe y golpe,
aprendió a reir;
y entonces supo
que sueños son sueños,
que aún sin vivirlos
nos matan así.

Lourdes Chamorro César.

Carta de la Gumer a Demetrio

Demetrio, simplemente Demetrio.

Tengo que sacarme todo esto que me apretuja demasiado entre el pecho y la columna. Es que me sofoca y no me deja ni dormir por la noche. Por mas fuerza que hago para cerrar mis ojitos, es bien diferente mi dormir en las noches, desde que me dejaste así, entre que si y que no, entre que no sé qué me pasa y que te pasa, entre que si te busco y no me buscas. Ya no pego ojo, se despegan cuando los quiero mantener dormidos.

Vos sabes Demetrio que ni terminé la primaria, entonces me tuve que arrimar a la Marina que ella si terminó la primaria y me prestó un librote bien grande y del grueso de una mazorca de elote para que rebuscara ahí, algunas de las palabras que nunca me aprendí porque nunca me dió la taranta de seguir alfabeteándome (del librote es esa palabra). La Marina es alfabeta, dicen por el pueblo y qué verdad que dicen eso porque vieras como me resuelve ese librote que se llama algo así como diccionario de la lengua…y es en español, porque si no, ni para qué registrarlo.

Pues sí, Demetrio, simplemente Demetrio. Y voy a ir al grano, porque eso de rodear para llegar a la vueltecita de la media esquina y que quedemos en ele olo chico zapote, es mas mejor ir por el sendero rectecito, sin tapujos y ocho cuartos que para qué derramar la leche y después llorarla…

Ahí voy pues, como esa estrella fugaz que divisamos aquel día en la quebradita…una, dos y tres…es que es bien difícil sacar las palabras que están ensartadas entre la garganta y el corazón….y los dedos no me dan la confidencialidad (sacado del librote que me prestó la Marina) para escribir lo que me aguijonea por todas partes.

Pero aquí voy, Demetrio, simplemente Demetrio…una, dos y tres…me pediste la prueba de amor y te la di y desde que te la di, apartando las naguas del camino y arrejuntando las piernas para que vos me las desapretaras en después, porque era demasiado la lucha que dice el padrecito de la ermita, que así se llama eso de luchar contra que no me agrarre  la tentación por todas las partes del cuerpo y de la interioridad (sacado del librote ese), que hasta de gallina sentía la piel de encima, pues …ay, ya ni sé por donde ando….a ver….ah, sí, que te di la prueba del amor que me rogaste incado en maíz ese día de la estrella fugaz…y entre que me arremolineaba contra vos, como un molenillo y me metía en mi nagua para taparme la cara roja de verguenza, pues pasó, Demetrio, lo que  tenía que pasar porque vos me confidenciaste (sacado del librote de la Marina que es alfabetísima), que la estrella fugaz era una seña de que vos eras mío y yo tuya….

Demetrio, simplemente Demetrio….y desde ese día, vengo a la quebradita a llorar porque nunca más apareciste…solo en mis sueños que sueño despierta porque mis ojitos no se quedan cerrados por más valeriana que paso por la garganta…y que no me llega al cerebelo (sacado del librote de la Marina, que me prestó).

¿Onde te metiste, Demetrio? Me dejaste aquí, con sentimiento de que ya no soy yo y sin ni siquiera decirme que mi prueba de amor fue tan bonita como esa estrella fugaz que me presentaste esa noche requeteoscura en la quebrada…

Dice la Marina que para qué te dí eso, que eso no se le da a los hombres, aunque sean de buena voluntad, porque de enmediato (no sé si escribe así, pero me suena así y no diferencio en el librote la deferencia de la palabra) , porque dice la Marina, que de inmediatísimo se les trepa encima a los hombres el complejo de un tal Don Juan…la verdad y para serte sincera, no sé de qué Don Juan hablaba la Marina, pero me parece que es un señor que le gusta pepenar amores en las quebradas y cuando ya se trepan la nagua, pues se aburren y las dejan ahí sentadas esperando…

Demetrio, simplemente Demetrio….no quiero que me hagas lo que Juan le hace a las mujeres …ese Juan que a saber a cuántas dejó destempladas en la orilla de la quebrada…No me dejes Juan, que diga DEMETRIO, no me dejes así de destemplada….¿Onde andas, Demetrio?

Y para terminar esta carta que escribí con el amor de esa noche de la estrella fugaz, te digo algo bien lindo que encontré en ese librote que algo así decía (porque ya se lo devolví a la Marina y se me quedó en la mente algo de lo que medio leí solamente)…dice algo como que cuando entregas tu alma bajo el embrujamiento emborrachado de una estrella fugaz,  no debemos de atarantarnos para sentirnos requetemal, al contrario, dice, aunque me late que me lo dice para que no me muera de malestar o de calentura. Pues dice la Marina que no me muera de nada, que mas bien que me sienta mejorada, porque esa luz, perdurará eternamente en quién nos levantó la nagua…y algo así también dice, como que el pachouli de la flor que el Juan o vos, Demetrio, arrancaron de su garden (en ingles, para que veas, Demetrio que hasta inglés estoy tratando de machacar para que me querrás  aunque sea una migajita) dicen que se queda bien concentrado (del diccionario de la Marina) en la palma de la mano de quién cortó la flor del garden.

Esa consolación me queda solamente…la de que ese diccionario no esté trastabillado y que sigas oliendo mi olor, que ya no es el mismo, pero que es el olor que te regalé aquella noche que me pediste la prueba de amor…

La Gumer (de Gumercinda).

Beso a la vida

«¿Qué es esto que así me aprieta el pecho? ¿Es mi alma que quiere salir a lo infinito, o el alma del mundo que quiere entrar en mi corazón?».   —Rabindranath Tagore

 

No es el mundo leer sobre guerras
en libros ya olvidados.
Es el mundo luchar con ardor nuestras guerras,
aunque no se hayan ganado.

No es el mundo conocer el mar
en postales enviadas.
Es el mundo llegar al inmenso mar y sentir
los pies mojados.

No es el mundo ver un cielo estrellado
a través de ventanas.
Es el mundo compartir de ese cielo una estrella
en noches calladas.

No es el mundo cortar una flor
del jardín mas floreado.
Es el mundo aspirar de la flor su perfume
y tocarla con cuidado.

No es el mundo ver las montañas
con miedos extraños.
Es tratar de llegar a la cima, escalando y contar
nuestras propias hazañas.

No es el mundo ver la lluvia caer
y salir con paraguas.
Es el mundo caminar bajo el agua y mojarnos
la ropa, la piel y la cara.

No es el mundo escuchar del canario su canto
en la jaula atrapado.
Es dejarlo volar y aprender a cantar
nuestra propia balada.

No es el mundo esquivar muchas piedras
para no tropezarnos.
Es el mundo tropezar con la piedra, caer
y saber levantarnos.

Es el mundo sentir los instantes
y atraparlos.
Es el mundo un regalo de Dios
para compartir
con los seres amados.
(Siendo en el mundo ellos, el mejor regalo).

Es el mundo ofrecer lo mejor
que el mismo Dios nos ha dado.

Lourdes Chamorro César.
17 de abril de 2010.